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Pancholón callejero

Pancholón se encontró con un viejo amor que hace quince años lo volvió loco, pero que al final se fue a los Estados Unidos con un ingeniero de su barrio.

La Seño María

Seño

Pancholón también tiene su corazoncito y no es de piedra. 

El Chato Matta llegó al restaurante por un caldo de cabeza de bonito con bastante limón y rocotito molido. Después pidió un arrocito con mariscos con conchitas, pulpo y erizo. “María, el viernes estaba en mi casa tranquilito, me había bañado para echarme en mi camita y ver Netflix, pero el gran Pancholón me timbró después de varias semanas: ‘Chatito, qué palta eres, no seas malo. Qué haces en tu casa si la noche es joven y hace calorcito. Vente ahorita. Además, estoy con un personal serio y una botella de whisky. De ahí somos Posadita’.

La verdad es que, a veces, ya no corren las amigas de Pancholón. Todas son ‘diqueras’ al mango y están con uno y otro. Hasta da miedo porque los ‘mata tiru, tiru la’ están por todos lados. Al final, me convenció y bajé al ‘point’ del maestro. Apenas llegué, lo vi eufórico, sin camisa y cantaba una salsita de Josimar y Daniela Darcourt: ‘Ese estúpido que ya/ que te habla y te alaba/ justo cuando yo no estoy./ ¿Qué pasa con él?/ Ese estúpido que ya/ que aprovecha mi ausencia/ para confesar su amor...’.

Luego, Pancholón me dijo: ‘Chato, no puedo ser fiel a ninguna. Todas pasan y al día siguiente no me acuerdo, pierdo la memoria. Pero este gordito no es de piedra, también tiene su corazoncito. La semana pasada me encontré con un viejo amor. Esa mujer, hace quince años, me volvió loco. Hice sufrir a mi esposa. Me perdía todas las semanas con Marita. Su viejo era un marinero francés que tuvo solo una noche de placer con su mamá chalaca y, al día siguiente, se embarcó a Singapur.

Tenía una mezcla exótica y era una fiera en la cama. En verdad, me enamoré, pues era salerosa, graciosa y a sitio donde llegaba era admirada y todos me querían partir. Hasta el doctor Chotillo babeaba por ella, pero no pudo. Como nunca quise irme a vivir con ella, se cansó y apareció un gilazo que siempre la pretendió. Un ingeniero de su barrio que se iba a Texas y le propuso matrimonio. Ella aceptó. Tres días antes de la boda religiosa, estábamos despidiéndonos en La Posada. Allí, ebria de ron y lujuria, me habló: ‘Pancho, si me llevas a vivir contigo y tenemos un hijo, lo dejo al ingeniero’.

Yo le respondí: ‘Marita, yo soy callejero. Conmigo serás infeliz, vaya con ese muchacho y haga su vida. Yo no sirvo para esposo’. Me gustaba mucho, pero la dejé partir. La semana pasada llegó sola de Estados Unidos y me buscó. Pucha, ¡qué desastre! A veces es mejor no reencontrarse con los viejos amores y conservar los buenos recuerdos. Mi ley es ‘en la calle jamás te enamores...’. Ya estoy tío, se viene mi cumpleaños, pero nunca haré el triste papel de esos viejos que dan pena’”. Pucha, ese Pancholón es un cochino mujeriego, de viejo se va a quedar solo por haber engañado a tantas mujeres. Me voy, cuídense. 

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