El Chato Matta llegó al restaurante por su cebichito de cabrilla y un arroz con langostinos y quesito rallado. Para calmar la sed se tomó una limonadita frozen. “María, el Facebook, ‘Wasap’ y otras redes ponen nostálgica a la gente. Ahora es más fácil encontrar en el mundo virtual a antiguos amores, nos da curiosidad saber cómo están, cómo los ha tratado la vida.

Y mucho más con esta pandemia que causa incertidumbre en todo el mundo. Los mensajes se acumulan en mi bandeja. Mi querida ‘italiana’ volvió a dar señales de vida. Hace una década me hizo la cruz. Livia no es italiana, lo que pasa es que hace quince años vive en ese país.

Con ella estudiamos y vivimos la vida loca en el instituto. Jóvenes ilusos y aventureros. Después se fue de viaje y en una de sus visitas a Lima me contactó. Se supone que iba a ser un reencuentro de todo el salón, pero solo fuimos los dos. Era flaquita, pero se había convertido en un mujerón, tenía un aire a Paloma de ‘Esto es guerra’.

Esa noche nos fuimos a una discoteca en La Marina. Pedí una ronda de margaritas con su sal y tequila Cuervo. Al rato, los cocteles nos pusieron ‘calentones’. Tocaron una bonita canción de Juan Luis Guerra: ‘Viviré en tu recuerdo/ como un simple aguacero/ de estrellitas y duendes/ Vagaré por tu vientre/ mordiendo cada ilusión…’. La apachurré bien y vi en sus ojos que era feliz. En plena pista la besé con pasión. De ahí no paramos hasta un hotel que te regalaba un globito rojo en la entrada.

Allí me contó: ‘Chato, ahora sé que nada vale el tamaño y la musculatura para que un hombre haga feliz a una mujer. Estuve un año entero con un fisicoculturista croata, mismo ‘Hombre Roca’. Pero nunca lo sentí y contigo es como la canción, veo estrellitas y duendes’.

María, la italiana se me pegó. Yo también porque era una buena mujer, decente y trabajadora. Me invitó a viajar a Iquitos. En un crucero a Manaos, en la oscuridad de la selva, con el arrullo de las fieras salvajes, nos comprometimos. ‘Chato, nos casamos en Milán con mi párroco. De allí nos vamos a París, Barcelona y nos regresamos a Lima. Me voy la próxima semana, pero te mando los pasajes en diciembre. Son cinco meses, pórtate bien’.

Los primeros meses estaba tranquilo. Pero después Pancholón me calentó la cabeza. ‘Chato, la vida es una sola, esa tía es aburrida, he conocido dos traviesas de San Martín, la vida es una sola, dame que te doy…’. Mi cuñado me ampayó saliendo de un hotel, se hizo el loco, pero me echó con su hermana. Ella me hizo un escándalo y yo aproveché para terminar por teléfono.

Me pidió disculpas, me perdonó la infidelidad, pero me exigió que viaje de una vez. Yo me cerré. Me imagino que fue un golpe duro, del cual me arrepiento porque después no conocí a una mujer tan valiosa como ella. Al año siguiente regresó a Lima. ‘Vamos a un hotel’, me dijo.

Fue una noche silenciosa, sin hablar. Todo fue carnal. Al día siguiente salimos y se metió a una chicharronería. Comimos chicharrones y yuquitas fritas y tomamos café. Ella pagó la cuenta. ‘Chato, tú eres como ese pan con chicharrón. Ya me di el gusto contigo. Adiós’. Han pasado varios años y vuelve a escribirme. ‘Después de la cuarentena nos vemos. Vamos a comer chicharrón’. María, me parece que ella solo se quiere dar otro gustito conmigo, eso me hace sentir mal”. Pucha, ese Chato se pasa, se portó mal con la pobre Livia y todo por ese cochino y sinvergüenza de Pancholón.


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