Mario Poggi.
Mario Poggi.

Mi amigo, el fotógrafo Gary, llegó al restaurante por su papa a la huancaína, arroz con pollo parte de pierna y su jarra con chicha morada heladita. “María, en estas elecciones la vida te da sorpresas. ¿Quién se iba a imaginar que entre las candidatas al Congreso se encuentra nada menos que Carla Poggi, la hija del recordado psicólogo , que postula a una curul por el partido del candidato que puntea las encuestas, George Forsyth?

La vimos en el programa de Beto Ortiz, en Willax, y la muchacha logró salir airosa con un entrevistador que lanzaba dardos ‘envenenados’ contra el candidato presidencial de Victoria Nacional. Por algo la chica trabajó como periodista en Panamericana , o sea, que sabía desenvolverse frente a cámaras.

Al verla recordé a su padre, ya fallecido, quien purgó carcelería por ser el asesino confeso del presunto descuartizador de Lima, César Díaz Balbín, en el mismísimo local de la División de Homicidios de la antigua y recordada Policía de Investigaciones del Perú. Me parece mentira que se hayan cumplido 34 años de ese crimen.

Cuando ya estaba en la facultad de Comunicaciones, leía las crónicas de un maestro del periodismo policial, el gran novelista y cronista de ‘Caretas’, Jorge ‘Coco’ Salazar sobre ese sonado caso. Años después, pude conocerlo y cultivar su amistad.

En un exquisito chifita de la calle Paruro, ‘Coco’ Salazar me reveló cómo fue su encuentro con Poggi. El periodista recordaba que el psicólogo le juraba que Díaz Balbín era el descuartizador que había matado a doce mujeres y regaba sus extremidades por toda la ciudad.

‘Nada de esto hubiera pasado -reflexionaba Salazar- si a Balbín, cuando mató de una cuchillada en el corazón a la única persona que le dio cariño, su tía Genoveva, y también asesinó a sus dos primos, lo hubiesen recluido en un manicomio de por vida’. Pero la justicia se equivocó y lo condenó a veinte años en un penal.

Salió a los nueve años por buena conducta. A la semana que obtuvo su libertad condicional, empezaron a aparecer miembros cercenados de mujeres por todos los basurales y descampados de la capital. La prensa agotaba ediciones. ¡Atrapen al descuartizador!, clamaban los diarios populares.

En pocos días lo capturaron. Negaba todo. Los detectives estaban desesperados y recurrieron a Mario Poggi. Él prometió hipnotizarlo para hacerlo confesar a cambio de dinero. Pero los policías le dijeron que le pagaban después de hacerlo confesar. Poggi se molestó y sustrajo todos los exámenes practicados a Balbín y me los llevó a ‘Caretas’.

‘Se los vendo y como regalito extra, lo hago entrar para que le tomen fotos al descuartizador’, me dijo. Llegué con el fotógrafo y tomó imágenes del psicólogo agarrándole la cabeza a un Díaz Balbín inmutable. ‘¡Confiesa miserable, tú las mataste!’, gritaba.

Se sofocaba, se desesperaba y el descuartizador tranquilito, imperturbable, hasta cuando lo hizo desnudar. ‘¿No te gusta, ¿no? ¡Siente lo que sintieron tus víctimas, asesino!’, le decía. Los policías tuvieron que ingresar y calmarlo.

Tres días después, el domingo 9 de febrero me llamaron por teléfono. ‘Don Jorge -me hablaba un detective de Homicidios- el psicólogo acaba de estrangular, con su correa, al descuartizador. No sabemos qué hacer. ¿Puede venir?’.

Llegué volando y me hicieron ingresar adonde estaba Mario Poggi. Lloraba como un niño. ‘¡Lo maté, salvé a la humanidad, lo iban a soltar!’. Lo cierto es que después del asesinato ya no aparecieron más extremidades y piernas femeninas en Lima’. Poggi murió creyéndose un héroe y las mujeres en la calle se lo agradecían”. Pucha, qué tal historia. Me voy, cuídense.