'La Posada' de Pancholón.
'La Posada' de Pancholón.

El Chato Matta llegó al restaurante por un cebichito de cabrilla con chicharrón de calamar y un chaufita de mariscos. También se pidió una jarrita con agua de maracuyá. “María, perdóname pero estoy herido. El gran Pancholón me timbró para adelantar la Navidad y se puso un Cartavio XO en las rocas.

El gordito ya no es el mismo. Lo veo apagado, cansado y ojeroso, pese a que siempre repite sus famosas frases: ‘Somos los que somos’, ‘dame que te doy’, ‘abre que voy’, ‘la noche es joven’, ‘campeono en una’, ‘la pampa es para todos’, ‘se lo regalo’...

‘Chatito -me dijo-, ese Jean Deza es una ‘bomba de tiempo’. Yo me tomo mis traguitos porque esta pandemia me tiene enfermo, pero no voy a ser loco de meterme a una fiesta con 100 personas. Si voy a liquidar, me encierro en La Posada y dejo bien a los varones. Respeto a ese maldito coronavirus, además ya pasaron mis años de locura. Ahora duermo con un ojo abierto y el otro cerrado. Por estas fechas me pongo triste.

No me gusta diciembre. Tengo el corazón de piedra, pero también late’. ‘Pancho -le dije-, pon algo de música para alegrar el ambiente’. Abrió la puerta de su camionetón negro, de lunas polarizadas, y puso salsa dura en la voz de uno de sus cantantes preferidos, el Cano Estremera, quien ya está cantando con Papalindo.

‘Yo, yo, yo creo que voy/solito a estar cuando me muera/he sido el incomprendido,/Pero yo, yo, yo solo estaré y juraré que cuando muera/aun así con mis presagios pondré tu nombre a flor de labios y moriréeee’.

‘Chato -prosiguió- nunca pude hacer vida de casado. En las madrugadas tenía pesadillas, quería salir corriendo de la casa. Yo estoy podrido desde muy joven. Estoy enfermo del sexo. Hace un tiempo estaba por la avenida La Marina y me encontré otra vez con Jackie, quien fue mi primer amor de barrio, pero me engañó con el cholo con plata. Ese romance dejó una huella en mí.

Era guapa y andaba siempre con minifalda. Años después, cuando la volví a ver, ya era una señora de las cuatro décadas que todo lo tenía bien puesto. Salíamos con amigos y había varios abogados que me querían ‘partir’, pateaban debajo de la mesa, pero se iban de cara.

‘Panchito -me decía ella en La Posada-, cometí el gran error de mi vida. Fue mi mala cabeza, pero la vida da muchas vueltas y siento que podemos recuperar el tiempo perdido’. Yo me reía. Si me engañaste, ya fuiste. Eso no se perdona.

Además, no creo en las mujeres que me ven después de 20 años y en una lloran y me quieren ‘comer el coco’. Después de hacer el amor, me quedé dormido y soñé que me querían partir. Era una pesadilla, soñaba que un abogado del Callao que me tiene envidia se llevaba a mi trampita. Estoy mal de la cabeza, necesito un psiquiatra’”. Pucha, ese señor Pancholón se pasa de mujeriego y sinvergüenza, pero cuando sea viejo va a sufrir porque nadie lo va a amar de verdad. Me voy, cuídense.


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