El Sonámbulo y Truman Capote

La Seño María y el Fotógrafo Gary hablan del legendario periodista de Policiales, ‘El Sonámbulo’.

Literatura

Más sobre:

Truman Capote

Mi amigo, el fotógrafo Gary, llegó al restaurante por una sopa a la minuta y arroz con guiso de carne y ajicito molido. También se pidió su jarra de cebada al tiempo.

“María, llegué temprano a la Redacción y me encontré con mi amigo, el legendario periodista de Policiales, ‘El Sonámbulo’. Gary, me dijo mientras fumaba, estoy con la hora, ya van a llegar mis alumnos de periodismo. En efecto, se apareció el grupo de diez muchachos, encabezados por la chica guapa de lentes y el gordito preguntón. ‘Maestro, ¿con qué lectura nos va a sorprender hoy día?’, preguntó el gordito. A ustedes ya les mandé a leer ‘A sangre fría’ de Truman Capote -les dijo el periodista-, pero no han leído una ‘joyita’, un cuento que escribió catorce años después y está incluido en el libro ‘Música para camaleones’.

Allí, el mejor relato es ‘Ataúdes tallados a mano’, otra joya del género policial. Capote viaja a un pueblito donde se han producido varias muertes y el detective de la localidad está convencido que no fueron accidentes, sino asesinatos. Y aún más, sospecha quién es el culpable. Por eso llaman a Truman y lo invitan para que, con su experiencia, lo ayude. ¿Cómo sabe usted que hay un asesino?, le pregunta el escritor. Y este le responde que todas las víctimas recibieron, en una cajita, un regalo anónimo, un ataúd chiquitito, de madera, tallado a mano. ‘Esa es una siniestra advertencia de que van a morir, ¿no cree?’.

Truman nos presenta, brillantemente, a todos los actores de la tragedia: Jake, el detective obsesionado con culpar a Quinn, el rico del pueblo, con quien juega ajedrez. Su enamorada Addie, una mujer joven y nerviosa que también recibió el ataúd y a quien desea a toda costa proteger y evitar su muerte. Y el propio Capote, quien se desvela investigando al criminal, a Quinn, que desde un principio sospecha es el culpable. A cada víctima le llegaba un ataúd de madera, era su entrada a la antesala de la muerte. Luego, después de un tiempo, cuando creían estar a salvo, que el asesino se había olvidado de ellos, morían quemados, envenenados, ahorcados y ahogados.

Nunca Truman estuvo mejor en su papel de detective. Cuatro años después moriría abrumado por el alcohol, las drogas y la soledad. Al acabar la charla, los estudiantes volaron al jirón Amazonas a buscar ‘Música para camaleones’”. Pucha, ese señor ‘Sonámbulo’ está formando a un grupito de futuros buenos periodistas. Me voy. Cuídense.

Ir a portada