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La tentación de Rosita (II)

El Chato Matta cuenta de su reencuentro con la chica más deseada de San Juan de Lurigancho, la espectacular Rosita.

Seño María

Pancholón esperaba al Chato Matta

Pancholón esperaba al Chato Matta

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Seño María

El Chato Matta llegó al restaurante por su caldo de cabeza de cordero para curar la resaca con limón y ajicito molido.

“María, la semana pasada te conté de mi reencuentro con la chica más deseada de San Juan de Lurigancho, la espectacular Rosita. De quinceañera era más bien callada, pues dejaba que su cuerpazo y su carita hablaran por ella. Recuerdo que mientras los giles del barrio la llevaban a comer y le daban regalitos, yo le ‘comía el cerebro’ recitándole poesías.

Una vez, en el tono con luces de los hermanos ‘Chucky’, bailando con ella despacito, le recité al oído un clásico poema del nicaragüense Ernesto Cardenal, que terminaba: ‘Yo podré amar a otras como te amé a ti / pero a ti no te amarán como te amaba yo’. Ella derramó una lagrimita y me dijo: ‘Yo salgo primero, tú sales atrás, te espero a la espalda del edificio’. Esa noche solo fuimos besos fogosos y toqueteos. Al final, cuando se escuchó el vozarrón de su viejo, me advirtió: ‘Chato, no se lo digas a nadie’.

Después, cuando le propuse ser mi enamorada, me puso una condición: ‘Está bien, pero todos los días me esperas a las siete en punto de la mañana en el paradero de la pollería ‘El Padrino’. Es que en el micro hay muchos mañosos. Tú serás mi ‘guardaespaldas’. Y no pongas esa cara porque bien que te va a gustar, ja, ja, ja’.

Pucha, María, yo estudiaba en la tarde y por Rosita me tenía que levantar tempranito para irme en un micro abarrotado hasta el Centro de Lima. No íbamos al colegio y nos fuimos al Jirón de la Unión a jugar ‘pinball’ y a besarnos en las azoteas desiertas de los edificios. Nos separamos porque ingresé al instituto y ella se mudó a un mejor barrio, pues su viejo, que era timbero, se ganó la polla de los caballos. Me enteré de que se había casado con un oficial de la Fuerza Aérea al que derribaron los terrucos en la selva y ahora me la encontraba en un velorio con un tío veinte años mayor que ella. Pero conservaba su cuerpazo y su rostro de mujer guapísima.

‘Chato -me propuso en el velorio-, hazme una carrera y me esperas a una cuadra. Le voy a dar al viejito una tacita de café con dos pepazas, se queda dormido y me voy contigo toda la noche, tenemos una cosita pendiente’. Cuando los estaba llevando el viejito me contaba que pensaba llevarla de vacaciones a la Riviera Maya.

‘Por mí fuera, la llevaría a las islas griegas, ella se lo merece todo’, dijo mirándola muy enamorado. Al bajar la llamé a su celular: ‘Rosita, no seas rata, el tío te adora y te trata como una reina. Hoy empiezas pepeándolo, mañana le puedes dar veneno. Hasta nunca’”. Pucha, ese Chato tiene sus historias, pero es un hombre con códigos, no como el sinvergüenza de Pancholón. Me voy, cuídense.

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