Foto Referencial.
Foto Referencial.

Este Búho también fue joven. Tuve mis años de ‘rebelde sin causa’. Disfruté plenamente mi juventud. Me enamoré, bailé y viajé como quise. Pero mi vida huracanada terminó cuando me enteré que sería padre. No es que después haya dejado de disfrutar de la existencia, pero entendí entonces que mis prioridades eran otras. Pienso en todo ello, luego de leer con preocupación los últimos reportes de la Organización Mundial de la Salud y, sin ir muy lejos, escuchar los testimonios de decenas de doctores peruanos, algunos amigos muy cercanos, sobre las nuevas víctimas de este maldito virus.

Ya no somos los ‘mayorcitos’ quienes únicamente estamos expuestos, sino también los niños, adolescentes y jóvenes. La mayoría son muchachos saludables, deportistas, personas sin comorbilidad. Cada día los diarios y los noticieros de televisión reportan en aumento los famosos ‘privaditos’ y las ‘reus’.

Estos chicos, que comparten sus ‘hazañas’ en Facebook, Instagram o TikTok, no entienden que después del trago y el baile pegadito pueden contagiarse y llevar el virus a casa. Constantemente camino las calles de esta gran ciudad y veo las losas deportivas repletas: ha vuelto el fulbito y también el ‘full vaso’. Un amigo médico que atiende a pacientes con coronavirus, me dice: ‘Búho, antes a los hospitales solo llegaban adultos mayores, ahora llegan familias completas. Abuelos, hijos y nietos. Cuando eso sucede, tenemos que priorizar la atención. No podemos abastecernos’.

Y es una realidad cruda: solo el 40% del personal médico se encuentra en actividad. El resto de galenos valientes lamentablemente está contagiado o falleció. No hay camas de Cuidados Intensivos, no hay oxígeno, no hay vacunas.

Si a nuestro frágil sistema de salud, que ha sido ‘petardeado’ de indiferencia y corrupción durante décadas, le sumamos la irresponsabilidad de estos ciudadanos que priorizan la diversión antes que la salud propia y la de sus familiares, tenemos estos resultados: Hospitales colapsados, muertes injustas, crisis económica. Llega una edad en la que uno debe aprender a priorizar. Algunos le llaman madurez. Yo le llamo actuar con responsabilidad. Pensar si un par de horas con los amigos es más valioso que nuestra vida o la de nuestros padres o abuelos. También son desgarradoras las imágenes de papás que acampan a las afueras de los hospitales esperando noticias sobre sus hijos.

Tengo dos hijos que están en la edad inocente de la infancia. Sus preocupaciones durante estas vacaciones son colorear sus libros de dibujos y montar sus patinetas. No tienen conciencia de lo que sucede allá afuera. Su mundo son estas cuatro paredes, de donde salen una vez a la semana a tomar aire. Si ellos lo necesitaran, mañana mismo pondría mi corazón en una bandeja sin pensarlo dos veces. Y es lo mismo que harían todos los padres del mundo por sus hijos. Ningún sacrificio es grande para cuidar a nuestros retoños.

Hoy a jóvenes y adultos nos toca poner el pecho por los mayores. La solución es más sencilla de lo que parece: evitar actividades innecesarias, usar correctamente la mascarilla y evitar aglomeraciones. En estos días el gobierno evalúa las próximas medidas de lucha contra la pandemia. Todo hace indicar que serán más estrictas, mientras esperamos, podemos ayudar cumpliendo las disposiciones ya establecidas.

Apago el televisor.