Este Búho se entera de que el escritor cumplió en febrero sesenta y nueve años de vida. El hijo de un empleado clasemediero de ascendencia polaca nació en New Jersey en 1949. Escuché de sus obras cuando estaba en San Marcos. En ese entonces, con mi mancha de ‘lagartazos’ del patio de Letras, leíamos a los escritores estadounidenses casi a escondidas, porque a inicios de los ochenta, de cachimbos, los radicales de izquierda controlaban la Federación de Estudiantes y tenían una lista de autores vetados, sobre todo norteamericanos e ingleses, y solo valoraban a los soviéticos y chinos comprometidos con el comunismo. Pero en esos años de juventud nunca tuve en mis manos un libro de Auster, llamado también el ‘Rey del azar’. En el 2005 le otorgaron el Premio Príncipe de Asturias, y entendí que los galardones literarios sirven para dar a conocer a la gran masa de lectores a tipos notables que estaban escondidos. Tengo que decirles que Auster tiene en la teoría del azar el elemento que hace girar el mundo de los seres humanos y, desde esa perspectiva, el premio pudo ser para cualquiera, pero a mí me llevó a leer su obra. Cosas del azar. A partir de ese momento busqué sus libros por librerías donde antes era caserito de las obras de Charles Bukowski o Raymond Carver, de la siempre bien provista editorial Anagrama. Del estadounidense, cuyas obras ponen énfasis determinante en el destino, como si se tratara de un juego de dados, me impresionaron algunos títulos como ‘El libro de las ilusiones’, ‘Brooklyn Follies’, ‘Diario de invierno’, ‘La música de azar’ y ‘Leviatán’, pero sobre todo ‘La trilogía de Nueva York’. Cuando llegó a mis manos el libro, habrían pasado más de dos décadas de haberse publicado, en 1985. Dicho volumen recogía tres novelas cortas. La primera se titulaba ‘Ciudad de cristal’. El argumento es alucinante y, como siempre, el azar tiene que ver en la determinación y el desarrollo de los acontecimientos en que los hombres son una suerte de simples marionetas. Un tipo recibe una llamada equivocada de alguien que está buscando a un detective privado de una agencia. David Quinn, cansado de recibir tantas llamadas que no son para él, decide aceptar y decir que sí, que él es el hombre que buscan. A partir de allí se desarrollan sucesos impredecibles.

Todos saben que el personaje está inspirado en el propio autor y que a él, efectivamente, le sucedió algo parecido en la vida real. La novela es más que un thriller. Al final es solo un juego artificioso. No por nada Paul Auster consigna a Miguel de Cervantes y su ‘Don Quijote de la Mancha’ como el autor y el libro que más lo han influenciado. David Quinn, su alter ego, es como el Quijote derribando molinos de viento. Solo que si Cervantes inició la novela clásica moderna en la literatura universal, el de New Jersey, según sus críticos, introdujo al lector en el mundo de la novela posmoderna. El segundo relato de la trilogía se titula ‘Fantasmas’. Otro detective privado es el protagonista, que recibe el encargo de vigilar a un hombre que nunca hace nada. Los elementos kafkianos son totalmente identificables en este relato y están impregnados de guiños al histórico escritor checo, autor de ‘La metamorfosis’. Franz Kafka fue otro de sus paradigmas. Por último, la tercera y última novela de la trilogía: ‘La habitación cerrada’. Un hombre se entera de que su amigo de infancia ha desaparecido. El azar lo lleva a enfrentarse con sus propios fantasmas, mientras trata de encontrarlo con los ineludibles y atrapantes recuerdos del pasado. Todo en una habitación donde muchos de nosotros somos uno y suficientes, y dos ya son multitud. Así es el razonamiento austeriano. Por eso el protagonista piensa que la melancolía y la soledad es el obligatorio ‘precio que hay que pagar para salir del hoyo y ver lo brillante del día’. Como textualmente lo leeremos en ese último relato: ‘De pronto, tumbado sobre la cama y mirando las rendijas de las persianas cerradas, comprendí que había sobrevivido’. Auster es un escritor de nuestro tiempo. Hace dos años llegó a Argentina y se sometió a un interrogatorio donde no rehuyó los temas políticos e incluso habló del posible ascenso de Trump a la Casa Blanca: ‘Trump no es nada de lo que la derecha no haya estado pensando hace tiempo. La diferencia es que es más descarado. Tiene menos miedo y se atreve a decir lo que otros no’. ¿Y el rol de los escritores en su país? ‘Es algo que a la gente de otros países les cuesta captar. En Estados Unidos los escritores no tenemos un lugar en la gran cultura. Somos seres marginados. Eso no quiere decir que la gente no lea, pero nuestro papel en la cultura es mucho menor que en América del Sur o Europa. Nadie quiere escuchar lo que tenemos para decir. Aquí tenemos otro tipo de ‘realeza’... las estrellas de cine. Ellos hablan para la izquierda o la derecha y siempre tienen millones de seguidores’. Definitivamente, un hombre de nuestro tiempo. Apago el televisor.

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