Miles de peruanos tuvieron que enterrar a sus muertos como consecuencia del temible virus sumado a un estado indolente .( Ernesto Benavides / AFP)
Miles de peruanos tuvieron que enterrar a sus muertos como consecuencia del temible virus sumado a un estado indolente .( Ernesto Benavides / AFP)

Este Búho no es un hombre pesimista. Por eso creo que este 2020 nos está dejando grandes lecciones de vida. Lo sé ahora que reflexiono con más tranquilidad, junto a mis hijos y mis padres. Tenerlos aquí, en casa, es una bendición que agradezco todos los días. Esta fortuna es la fortuna de algunas familias peruanas, pero no de todas.

A un grueso de nuestros compatriotas les tocó vivir una realidad distinta, una realidad que jamás hubieran imaginado. Perdieron a sus padres, a sus hijos, a sus abuelos, perdieron sus empleos o cerraron sus negocios. Un virus y un Estado indolente los puso contra la pared, sin más opciones que la impotencia y la rabia de no poder hacer nada contra ello.

A ese grueso de la población le tocó bailar con su propio pañuelo: ingeniárselas en las calles o reinventar sus golpeados negocios. Estuve con ellos, codo a codo, viviendo sus penurias.

Aún recuerdo con claridad cómo ciudadanos de un asentamiento humano en Villa María del Triunfo escuchaban ofendidos a un presidente que les pedía que se lavaran las manos cada 15 minutos, cuando no tenían ni siquiera acceso a servicios de agua potable ni desagüe y que llenar su poza equivalía a dinero que ya se les había agotado.

También recuerdo la llamada desesperada de un amigo porque no conseguía atención médica para su padre, mientras el entonces primer mandatario aseguraba, con una risita tímida, que aún había camas en la Unidades de Cuidados Intensivos en los hospitales nacionales.

Y mientras el enemigo invisible atacaba sin piedad, otra epidemia azotaba los cimientos de nuestra patria: la maldita corrupción. Las truculentas negociaciones políticas no se detuvieron ni siquiera durante la crisis sanitaria. La indignación popular llegó a su clímax con la vacancia de Martín Vizcarra y la sucesión de Manuel Merino a la presidencia de la República.

El rechazo popular a una presidencia ‘orquestada’ por grupos políticos acusados de corrupción desató multitudinarias protestas a nivel nacional. Miles de muchachitos, convocados a través de la red social ‘TikTok’, se concentraron en el centro de Lima, en donde los enfrentamientos con la policía dejaron dos muertos, los jóvenes Inti Sotelo y Bryan Pintado.

Allí, en esas calles convulsas, cargadas de gases lacrimógenos, pude ver con mis propios ojazos la indignación de una generación hastiada de ese cáncer que no descansa ni en pandemia. Las manifestaciones terminaron con la renuncia de Manuel Merino y hoy presenciamos un gobierno de transición, encabezado por un ‘tibio’ Francisco Sagasti, quien parece tener miedo de coger el timón del barco.

No ha sido un año totalmente trágico cuando uno recuerda a personas de un corazón enorme como el ‘Ángel del oxígeno’, José Luis Barsallo. O a esos cientos de médicos y enfermeras que se fajaron durante toda la pandemia con turnos de 24 horas.

O a esos maestros que tuvieron que adaptarse a las clases virtuales y que incluso apoyaron económicamente a sus alumnos más pobres. O a los policías y militares que tuvieron que lidiar con la irresponsabilidad de ciertos compatriotas.

La gratitud es una virtud tan escasa, tan ausente, pero tan necesaria que si la practicáramos de manera constante seríamos una sociedad más noble y más unida. Cultivémosla en los más pequeños. Apago el televisor.


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