Pancholón: El Chato Matta también tiene sus historias

El Chato Matta, compinche de Pancholón, nos cuenta una pícara experiencia.

La tía del Chato

El Chato Matta cuenta una de las últimas de Pancholón.

El Chato Matta también tiene lo suyo. 

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Pancholón

El Chato Matta llegó al restaurante por un cebichito de dorado con su arroz con mariscos y su jarra de chicha morada. “María, el otro día recordé a la morochita Susy. Ella vivía en Barrios Altos, por la Quinta Heeren, y era criolla de pura cepa. Tocaba la guitarra y cantaba valses. Era la hermana menor de Sandra, una secretaria que trabajaba conmigo en el ministerio. En ese tiempo yo estaba en mala relación con mi señora y la oficina donde laboraba parecía un club social. Es que el ministro era un ‘apristón’ que tenía a su amante trabajando en Recursos Humanos y hacía fiestas y agasajos por cualquier motivo. Sandra era mi causita en esas juergas y un día me invitó para seguirla en su casa. Ahí conocí a su hermana menor, Susy. Había un tono con guitarra y cajón en su casa y ella cantaba un tema de Alicia Maguiña: ‘Negra quiero ser, color del carbón, color de mi pena, negra quiero ser...’. Pucha, me enamoré no sé si de su voz o su rostro bello, de su porte o su sonrisa. O de las dos cosas. Era bonita y con un cuerpazo, pero bien dicen que la carne sale con hueso: tenía su enamorado, el zambo ‘Nicky’. La morocha me guiñaba el ojo y yo estaba embalado. Sandra, bandidaza, me aconsejó al oído: ‘Chatito, le gustas a mi hermana. No te preocupes por su enamorado, Nicky es pollazo, pásale a cada rato la botella y se va a quedar dormido’. Esa noche me escapé con Susy.

Ella estudiaba literatura en San Marcos y leía mucha poesía, pero era media ‘rayadita’. A veces se desaparecía. En ese tiempo no había celulares. Luego, por intermedio de su hermana, me mandaba poemas: ‘Mi alma es una princesa en su torre metida, con cinco ventanitas para mirar la vida /Es una triste diosa que el cuerpo aprisionó, y tu alma que desde antes de morirte volaba/ Es un ala magnífica, libre de toda traba.../ Tú no eres el fantasma.../ ¡El fantasma soy yo!’. Siempre me mandaba ese poema de Amado Nervo, el gran poeta mexicano. Yo la llamaba ‘Ghost’, la sombra del amor, porque se me aparecía como un fantasma en los momentos más inesperados. Susy se me estaba pegando mucho y yo estaba con la cabeza caliente. Quería que nos quedaramos toda la noche en el hotel, pero Pancholón ya me había dado consejos: ‘Chato, nunca te quedes a dormir con una trampita hasta el día siguiente. Eso no corre. Llega a tu casa, te bañas en el ‘telo’ y te echas cerveza en la camisa, fumas un cigarro y así le dices a tu ‘ñori’ que te quedaste dormido de tanto trago’. Pero Susy fue cambiando de carácter. ‘Chato, si me amas, deja a tu esposa’. Se emborrachaba a cada rato. Me abrí en una. Juré nunca más verla. Me entere después de que la habían internado en el hospital. ‘Chato, no vayas a verla, se ha comprometido con Nicky y se van a casar. Él sabe que ella no lo ama, pero se tiró al piso: ‘Lo importante es que yo te ame, tú aprenderás a quererme’, le dijo el zambito’. Pobre negrito, así hay hombres que se conforman con migajas”. Pucha, ese Chato también tiene sus historias, pero no es como el cochino de Pancholón. Me voy, cuídense.