Julio Ramón Ribeyro, su madre y el cigarrillo [VIDEO]

Nuestro columnista habla del escritor  Julio Ramón Ribeyro y algunas cosas poco conocidas de él. 

Julio Ramón Ribeyro

Julio Ramón Ribeyro

Julio Ramón Ribeyro es uno de los ídolos de El Búho. 

Este Búho no puede dejar de saludar a las mamitas en su día y quisiera hacerlo citando a nuestro mejor cuentista, Julio Ramón Ribeyro, quien escribió que para una madre o un padre, el calendario más veraz es su propio hijo, porque “en él, más que en espejos o almanaques, tomamos conciencia de nuestro transcurrir y registramos los síntomas de nuestro deterioro. El diente que le sale es el que perdemos; el centímetro que aumenta, el que nos empequeñecemos; las luces que adquiere, las que en nosotros se extinguen; lo que aprende, lo que olvidamos; y el año que suma, el que se nos sustrae”. El ‘Flaco’ amó demasiado a su madre, quien lo alentó y apoyó cuando decidió convertirse en escritor, dejando de lado su profesión de abogado. Incluso, escribió esta dedicatoria en su antología de cuentos ‘Mar afuera’: “Mamá: ¿no te parece raro verme traducido al alemán? París 1961”. Aunque se le había creado un aura fatalista, el escritor fue un hombre que gustaba de nadar, cantar, bailar y pelotear. El fútbol, se sabe, fue una de sus grandes pasiones. Él mismo cuenta que cuando era alumno del colegio Champagnat, era diestro con el balón. “Mi juego era más de sutileza: yo hacía buenos pases a los hombres que estaban bien colocados y, cuando estaba cerca del arco, trataba de meter goles. Pero no tenía mucho físico”. En ‘Atiguibas’, uno de sus más célebres cuentos, el escritor plasma su amor por el fútbol y específicamente por el club de sus amores, Universitario de Deportes. Su viaje a Francia, muy joven, lo alejó de las canchas de fútbol. Allá pasó sus días más difíciles y, lejos del deporte, su vicio por el cigarrillo se desbordó al punto que lo llevó a cometer actos descabellados, como vender sus libros de Paul Valéry, Honoré de Balzac, Ciro Alegría, Antón Chéjov y los propios, inclusive. Durante su peor etapa en Francia, cuando no tenía ni para comer, el escritor solía caminar por las calles más transitadas con los ojos mirando al piso, con la esperanza de encontrar una colilla que pudiera fumar. Pero él se excusaba así: “El fumar se había ido ya enhebrando con casi todas las ocupaciones de mi vida. Fumaba no solo cuando preparaba un examen, sino cuando veía una película, cuando jugaba ajedrez, cuando abordaba a una guapa, cuando me paseaba por el malecón, cuando tenía un problema, cuando lo resolvía. Mis días estaban así, recorridos por un tren de cigarrillos”. Pero fue en los años 70 cuando el escritor sufrió su primera crisis a consecuencia del humo. Según él mismo cuenta, cada día se sentía peor porque tosía con frecuencia, sufría de acidez, fatiga, pérdida de apetito, mareos y padecía de una úlcera estomacal. Todo esto le generó una hemorragia. Lo internaron varios días. Cuando le dieron el alta, los doctores le prohibieron el cigarro si quería seguir viviendo. Pedido en vano: volvió a fumar ni bien dio un paso fuera del hospital. El pucho y la escritura fueron para Julio Ramón, dos actividades complementarias y dependientes una de la otra. Muchos años después, Julio Ramón volvió a recaer. Esta vez le detectaron cáncer al esófago, fue operado y puesto a rehabilitación por un largo periodo. Bajo una estricta vigilancia médica y la de su esposa Alida Cordero, el escritor no tuvo más chance que dejar temporalmente el cigarro. “Al mes estaba tostado, fornido, saludable y diría hasta hermoso. Pero en el fondo, me sentía insatisfecho, desasosegado, por momentos increíblemente triste”. Una vez recuperado y fuera del hospital, no demoró mucho en encender un pitillo. Su tórrido romance con el tabaco fue inmortalizado en ‘Solo para fumadores’, uno de sus textos más populares. Ya en sus últimos años, el ‘Flaco’ decidió dejar Europa y radicar en Perú, en su departamento barranquino con vista al mar. Ya estaba, más bien, dedicado a compartir con sus amigos, salir a bailar y disfrutaba de un amor afiebrado con Anita Chávez, pese a estar casado con Alida Cordero, quien le dijo ‘ándate y sé feliz’. Apago el televisor.

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