La historia de Germán Ludeña Vicharra es conmovedora. (Foto: GEC)
La historia de Germán Ludeña Vicharra es conmovedora. (Foto: GEC)

Mi amigo, el fotógrafo Gary, llegó al restaurante por un ají de gallina con aceitunas negras, huevo duro, lechuga, arroz graneadito y, para tomar, un emoliente calientito. “María, leí en Trome sobre el señor Germán Ludeña Vicharra, quien con sus 65 años a cuestas camina largas distancias para vender sus helados, que carga en una caja al hombro.

Él recorre el cañón de Austisha, en las alturas de Huarochirí, para ofrecer sus productos a los turistas que visitan la zona. También camina por Santa Eulalia, Callahuanca, Chosica y otros lugares, haciendo sonar su característica trompetita. Cuenta don Germán que su sueño de joven fue ser ingeniero, pero no pudo por falta de dinero, así que hoy se saca la mugre día a día para que sus cuatro pequeños nietos sí puedan lograr sus objetivos.

La historia de este esforzado peruano es una de tantas que todos los días podemos ver en las calles. Por eso, siempre digo que el Perú es tierra de gente honrada, valiente y esforzada. Esa es la enorme mayoría, que busca salir adelante con la frente en alto, sin robarle nada a nadie. Lamentablemente, los sinvergüenzas, los rateros, especialmente esos de cuello y corbata, son los que más hacen noticia.

Sujetos que se meten a la política o al aparato estatal a servirse, no para servir. Aventureros que buscan convertirse en millonarios de la noche a la mañana. Personas como don Germán, como las chicas que trabajan doce horas en los grifos, como los ambulantes que son maltratados como si fueran delincuentes, qué pueden pensar de esos funcionarios que llegan a ocupar cargos públicos mintiéndole a la gente y luego se olvidan de sus promesas para dedicarse chupar la sangre del Estado y vivir a cuerpo de reyes. Por eso, los políticos en nuestro país están tan desprestigiados.

Los padres de familia debemos enseñar valores a nuestros hijos, para que sean personas decentes. No basta con darles una carrera, pues así es muy probable que se conviertan en profesionales sin escrúpulos. Esos, lamentablemente, nos sobran. El país necesita profesionales con valores, decentes, que no piensen en robar, sea en el ámbito privado o en el Estado.

Hay que desterrar la idea de que el ‘más vivo’ es el que hace trampa, el que se cuela en la cola, el que coimea, el que ‘le saca la vuelta a las normas’. Esa manera de pensar le ha hecho y le sigue haciendo un daño terrible a nuestro país. El ‘más vivo’ debe ser el que hace las cosas bien. A los chicos, desde pequeños, hay que educarlos en la disciplina y el orden, en la puntualidad, en la perseverancia. En el respeto y el amor al trabajo y a los estudios como fórmula para alcanzar las metas”. Gary tiene razón. Me voy, cuídense.

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